Protegida
por la oscuridad de la noche, una barca sin timón tripulada por
cuatro hombres se acercaba a las costas de Galicia. La embarcación
se guiaba sola hacia la entrada de una ría, donde escogió
su parada en una pequeña playa. Los hombres saltaron a tierra, amarraron
la barca, y sacaron de ella un cuerpo sin vida envuelto en una blanca sábana
: el Apóstol Sant-Iago.
En busca de un lugar adecuado para darle noble
sepultura al discípulo de Cristo, dos de los hombres divisaron a
lo lejos un magnífico castillo. Hacia allí se encaminaron
y, al llegar, pidieron audiencia al señor de la fortificación.
Los siervos de Sant-Iago fueron conducidos ante
la Reina Lupa, céltica señora de las tierras del Fin
del Mundo que, aunque al principio se interesó por la historia
de los cristianos, los mandó encarcelar a causa de su soberbia.
Por la noche, al estar los encadenados cristianos
pidiendo ayuda a su Dios, un resplandor luminoso y estrellado abrió
milagrosamente las puertas de la prisión y los presos pudieron escapar.
Dándose
cuenta los del castillo de la fuga nocturna, éstos corrieron a su
captura. Cuando los soldados de la Reina Lupa pasaban por un puente, su
estructura se hundió matando las piedras y la corriente a todos
los perseguidores.
Los cristianos volvieron entonces a la presencia
de Lupa advirtiéndola del poder de su Dios :
- Va a ser mejor para ti que nos ayudes. Necesitamos
un carro y una pareja de bueyes para llevar a nuestro Señor Sant-Iago.
La testaruda Reina Lupa se burló otra vez
de ellos dándoles una pareja de toros salvajes en lugar de los bueyes,
pero la sorpresa fué general al observar cómo los toros se
dejaban unir mansamente bajo el yugo.
Se dice que, desde entonces, admirada de tantos
milagros, la Reina Lupa se convirtió al cristianismo y mandó
derribar los lugares célticos de culto como el Ara Solis.
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