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21º Año - 5ª Época - 25/04/2017
Actualidad
12-12-1998

Este es el primer artículo periodístico de quien va a ser a partir de ahora un asiduo colaborador del Web Costa da Morte, Roberto Traba Velay

TRIFÓN SE FUÉ COMO LLEGÓ

Estos días, por las calles, bares y comercios de Fisterra, ha corrido de boca en boca la mala noticia de la muerte de Trifón. En las carnicerías, en las tascas, en los supermercados y en los chollos del muelle, la gente se extrañaba cuando conocían la noticia de que sus cenizas, traídas desde Madrid, estaban ya depositadas en el cementerio fisterrano descansando junto a la tumba de Xuliana, su esposa, a la que siempre llamó "mamá" y con quien mantuvo una relación de putadas mutuas porque era la mejor manera de demostrarse que estaban profundamente enamorados. La gente se fue enterando poco a poco de que había muerto, de igual forma que poco a poco también había descubierto, hace una docena de años atrás, que entre nosotros vivía un nuevo vecino, alto, flaco, elegante, educado y alegre conversador del que se desconocía su profesión, pero que con el paso del tiempo se fue sabiendo que era artista, aunque para él, según me contó una vez, eso de llamarse artista le parecía una gilipollez. A Trifón no le gustaba, para nada, andar de aquí para allá enseñando su amplia y variopinta obra. Tampoco fue partidario de andar llamando de puerta en puerta para hacerse proveedor o cliente de algún marchante de pintura y así promocionarse y ponerse de moda para salir en la prensa y demás medios de comunicación. Estoy seguro de que calidad no le faltaba para eso, pero Trifón, Xosé Luis, era muy a su manera, y prefería, antes que ir de artista, esconderse en el corazón de la Costa da Morte y mezclarse con la gente que habita estas tierras. Entre sus amigos, a los que siempre regalaba algún cuadro, se contaban marineros, taberneros, aprendices de escritores, y hasta enganchados en alguna droga. Con todos ellos fue siempre un caballero, tolerante y buen consejero, virtudes que seguramente él había aprendido de las amistades que había cultivado, gente toda de letras como César García Luano, Diego Galán, Pedro Olea, Paco Umbral e incluso el mismísimo Pío Baroja, que, como él decía, era un señor muy estirado dentro de su boina. Trifón, Xosé Luis, se fue como llegó, sin hacer ruido, pero la magia de su pintura seguirá viva en las retinas de nuestros ojos, y nos seguiremos extrañando cuando recordemos aquellos pequeños cuadros hechos con maderas y materiales que el mar dejó en las playas de Fisterra y que tituló "Os inquilinos do Mar de Fora". Cuadros en los que, bajo soles triangulares, "Don Benigno", "La Grandigorda" o "El monstruo del Lago Ness", se bañaban en el mar de Fisterra como si fueran distinguidos turistas en medio de un infinito azul y verde de alga marina.

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